domingo, 22 de octubre de 2023

Une belle nuit, comme toutes les autres.

 Norman Rockwell


El feminismo está mezclado con la idea tan absurda de que la mujer es libre si sirve a su jefe y esclava si ayuda a su marido. G. K. Chesterton

Hace poco más de un mes me casé con el hombre de mis sueños. Soy muy feliz.

domingo, 2 de julio de 2023

La traducción de las ciencias sociales y humanas y su terminología problematizada con el ámbito de la arqueología

Alejandra Acosta 

*Un trabajito de final de semestre que hice para la carrera de traducción de la UNAM*

El estudio de la traducción es un campo que lleva una larga historia y ha evolucionado a lo largo de los siglos. Aunque la traducción como práctica existe desde tiempos antiguos, como la reflexión y el análisis académico sobre la traducción en la antigua Grecia con Heródoto y en Roma con Cicerón, no fue sino hasta el siglo XX cuando la traducción como disciplina académica comenzó a consolidarse. Aparecieron teorías y enfoques más sistemáticos y se establecieron instituciones y programas de estudios especializados en traducción en todo el mundo. Además, se produjo una mayor profesionalización de los traductores y una mayor conciencia sobre los desafíos y las complejidades de la tarea de traducir. 

A partir de estas teorías y perspectivas nuevas sobre la traducción, esta disciplina se ha abierto en un abanico de diferentes campos de estudio, que se podrían resumir en literario y no literario. Conforme a esto, podemos notar que el ámbito de la traducción literaria es el que más relevancia cultural tiene (o parece tener), y después de éste vienen las demás disciplinas. A la traducción literaria le siguen campos de estudio como el audiovisual, el técnico-científico y el jurídico, por ejemplo. ¿Y dónde quedan las ciencias sociales y humanidades? Si observamos a la traducción literaria, ésta es la poesía y la ficción. Si observamos a las demás disciplinas con relevancia, estas son textos pragmáticos, como manuales y artículos: las famosas ciencias “duras”. Pero, ¿Dónde queda esta otra ciencia que no es dura?


La traducción de las ciencias sociales y humanas presenta un problema significativo debido a la falta de un campo dedicado específicamente a estas disciplinas y su terminología especializada. A diferencia de áreas como la medicina o la tecnología, que cuentan con terminología estandarizada y consensuada, las ciencias sociales y humanas abarcan una amplia gama de temas y enfoques, lo que dificulta la traducción precisa y contextualizada. Su concepto se queda en una mera generalización. ¿Acaso es lo mismo un término utilizado en el campo de la historia como otro utilizado en el campo de la pedagogía? 

Una de las principales dificultades radica en la falta de consenso en cuanto a los términos y conceptos utilizados en estas disciplinas. La terminología puede variar considerablemente entre diferentes escuelas de pensamiento, corrientes teóricas o enfoques metodológicos. Una única teoría para todos los campos de estudio que abarca esta ciencia no se da abasto: ¿en qué se parece la terminología requerida (y las estrategias traductológicas) al traducir Folie et déraison. Histoire de la folie à l'âge classique de Michel Foucault, en contraste con The Theory of Economic Regulation de George J. Stigler? Esto hace que la traducción sea un desafío, ya que los traductores deben capturar las sutilezas y matices de los términos utilizados en el campo original, adaptándolos de manera efectiva a la lengua de destino.


Además, la traducción en las ciencias sociales y humanas se ve obstaculizada por la falta de una estructura o marco normativo que guíe el proceso de traducción. Mientras que en campos como la medicina existen organismos y recursos específicos que ayudan a los traductores a mantener la precisión y coherencia terminológica, las ciencias sociales y humanas carecen de un equivalente. Esto puede dar lugar a variaciones y ambigüedades en la traducción de conceptos clave, lo que dificulta la comunicación efectiva entre expertos y académicos de diferentes culturas y contextos lingüísticos.


Un claro ejemplo, y en que nos enfocaremos el resto del ensayo, es el de la terminología y la traducción de conceptos de una ciencia humana: la arqueología.

Según la DRAE (versión 23.6 en línea), la arqueología se define como: 


1. f. Ciencia que estudia las artes, los monumentos y los objetos de la antigüedad, especialmente a través de sus restos.


La delimitación de los términos que componen el estudio de la arqueología es tan importante como los parámetros teóricos en los cuales cualquier disciplina que se considere científica debe constituir. Y, como en la introducción se menciona, este campo de estudio se pierde con la generalización que se le hace a las ciencias sociales y a las ciencias humanas.

Gracias a esto, han habido esfuerzos por parte de los teóricos de la arqueología de dotar a esta disciplina de una aproximación a una sistematización terminológica. Entre estos esfuerzos se encuentra la elaboración de diccionarios de arqueología, como, por ejemplo, El Diccionario de Arqueología de Bray y Trump (1976), que desde su traducción ha impulsado otros proyectos similares. Con estos diccionarios se quiere dar cuenta del uso que los arqueólogos hacen de su terminología, bajo una regularización y fijación que sirve de marco de referencia para los investigadores de este campo. Mientras en el ámbito técnico-científico se especifica todo lo relacionado a la traducción (como “localización -de videojuegos-”) u otras precisiones del estilo, en las ciencias sociales y humanas no. Además de esto, tenemos otro gran problema que además puede ser la razón de esta negligencia a esta ciencia en general: su interdisciplinariedad. 


El carácter de la mayoría de las disciplinas de las ciencias sociales y humanas es que se encuentran entrelazadas; son interdependientes, pues sirven de base unas a otras. Pero existen disciplinas en la misma generalización que tienen una interacción limitada o menos frecuente entre sí, como la paleontología con la economía. En relación a la arqueología, además de su relativa juventud, su carácter requiere unas técnicas y un sistema de instrumentos conceptuales, o sea, la terminología, que tengan el fin de analizar la realidad para después construir una teoría adecuada. Es en este momento cuando las demás disciplinas intervendrían: las sociales, como la geografía y la antropología, y las naturales, como la paleontología y la ecología. Según Schiffer (1988), ‘la arqueología es la disciplina interdisciplinar por excelencia que incorpora variadas teorías propias junto con teorías procedentes de casi todas las otras ciencias sociales y naturales’.

En mi primer semestre de la carrera de Traducción, mi maestro de documentación nos dio la tarea de usar herramientas digitales con un artículo sobre Göbekli Tepe donde se relacionaba la arqueología con la psicología. El artículo nos presentaba un enfoque nuevo que involucra expresiones antiguas de la mente humana (creencias, símbolos, íconos): esto es, la arqueología cognitiva, la cual es un campo apenas emergente. Y es que no solo nos enfrentamos a un problema entre disciplinas, sino que en la misma disciplina en cuestión hay diferencias entre técnicas, enfoques de estudio, sub-disciplinas, etcétera. 

En la arqueología se puede estudiar desde el enfoque de la cerámica o del barro, así como uno se puede especializar en la agroarqueología, en análisis lítico o en arqueología egipcia. Esto haría al ámbito arqueológico mucho más especializado y difícil de regularizar en relación a su terminología.


Immanuel Wallerstein, sociólogo y científico social histórico estadounidense, propuso el establecer terminologías estandarizadas con el fin de que todo sea regular y estable, pues según afirma él, una de las características distintivas de los textos de ciencias sociales y humanas es el tráfico de conceptos. Su conclusión es que la traducción de textos de estas ciencias debe promover la posibilidad de una conversación universal entre ellas. Esto, a mi parecer, es una perspectiva muy rígida, normativa y prescriptivista, lo cual no parece ser aplicable a menos que a todos los científicos sociales por igual les interesara el simple intercambio de conceptos entre lengua y lengua, y no el ponerlos bajo el análisis tan riguroso con el que se manejan la mayoría de términos especializados en otras disciplinas. 

A pesar de que la falta de consenso en la traducción de términos clave puede generar confusiones y dificultades en la comunicación entre arqueólogos de diferentes regiones y contextos lingüísticos, establecer una norma rígida no podría ponerse a la par con la complejidad de “encasillar” dichos términos. Gracias a este dilema, usualmente se intenta traducir haciendo uso de las técnicas del calco y del xenismo, lo cual a veces queda corto. 


En arqueología, además de la división entre enfoques de estudio y disciplinas especializadas, tenemos más subdivisiones a tener en cuenta, lo cual promete un reto aún más complejo al traductor para encontrar la terminología adecuada y glosarios/diccionarios que ya la recopilen: existe un enfoque histórico (como la arqueología prehistórica) y uno transcultural (como la arqueobotánica).

Un ejemplo es el del neologismo arqueometría (disciplina transcultural). Desde el significado nos enfrentamos a algo complejo, pues este es bastante abstracto. Según el Diccionario de Arqueología (2001) `no existe una definición unívoca de la disciplina´, y, además, considera que el término `indica literalmente los estudios científicos aplicados a la arqueología´. 


También, aquí, otras dos explicaciones del término que difieren un poco del anterior:


`Cualquier estudio de restos arqueológicos con instrumentos y métodos que son propios de disciplinas científicas´. (Mannoni, 1996) 


`Espacio de aplicación de las ciencias experimentales y naturales al conocimiento material de los bienes culturales en beneficio de su conservación y del saber histórico´. (Aiar, Asociaciones italianas di archeometria)


Una complicación más: el término a veces se reemplaza por “ciencias de los bienes naturales” o “ciencias en arqueología”. No se delimita; es un problema para la traducción e incluso para la terminología.


Si quisiéramos o tuviésemos el encargo de traducir un texto sobre arqueología, nos podríamos  enfrentar a un grupo de conceptos extremadamente específicos que no están regularizados como lo están aquellos de las ciencias duras. Términos como arqueología cuantitativa, arqueología de la iluminación, arqueozoología, paleopatología, entre una infinidad más.


Una posible solución sería la cooperación interdisciplinaria, pues esta ofrecería enfoques con más efectividad a la hora de contextualizar sobre la terminología arqueológica a traducir. Los traductores deben considerar el trasfondo cultural y la significancia histórica de los términos arqueológicos para evitar malentendidos y distorsiones en la interpretación de los hallazgos de esta disciplina. Esto implica no solo traducir literalmente los términos, sino también adaptarlos a la cultura y el contexto lingüístico de la lengua de destino.

En mi opinión, así como un traductor que no sabe de ingeniería computacional y programación no podría llevar a cabo una traducción eficiente sobre el tema, aquél que no conozca a profundidad la literatura arqueológica al traducir, dudosamente hará un trabajo adecuado. Como menciona Ortiz García (1995) ‘los traductores deben ser especialistas y la traducción debe observarse como un acto de investigación’. 


La traducción en las ciencias sociales y humanas enfrenta desafíos debido a la falta de un campo dedicado y a la diversidad de terminología y enfoques existentes. Para superar este problema, sería de gran ayuda una colaboración estrecha entre traductores y expertos en las disciplinas involucradas, así como el desarrollo de recursos terminológicos especializados y la creación de directrices flexibles que faciliten una traducción más precisa y contextualizada. Esto permitirá una mejor comunicación y una comprensión intercultural en el ámbito de estas ciencias tan descuidadas.


Referencias:


Benítez, S. T. (2010). La traducción de las ciencias sociales: Utopismos bueno y malo confrontados. Mutatis Mutandis: Revista Latinoamericana de Traducción, 3(1), 152-173.


Cabré, M. T. (2005). La terminología, una disciplina en evolución: pasado, presente y algunos elementos de futuro. Debate Terminológico, (01), 1813-1867,


Escobar, G. Á. (2005). Estudio lingüístico y glosario de los términos especializados de la arqueología. Editorial de la Universidad de Granada.


Francovich, R., Manacorda, D. (eds.). (2001). Diccionario de Arqueología. Crítica.


Heim, M. H., & Tymowski, A. W. (2006). Pautas para traducir textos de Ciencias Sociales. American Council of Learned Societies.


Ortiz García, J. (1995). Conceptos en las Ciencias Sociales: ¿traducción o interpretación? Livius, 7,  121-131. 


Sanz Espinar, G. (2008). Traducción de textos de Ciencias Humanas: problemas terminológicos. Actas III Congreso de AIETI (Association ibérique de Traduction et Interprétation). Barcelona: Universidad Pompeu Fabra.


Schiffer, M.B. (1988). The structure of archaeological theory. American Antiquity, 53(3), 461-485. https://doi.org/10.2307/281212

martes, 4 de abril de 2023

El fantasma de Baalbek.

Domenico Fiasella


Un hilo rojo de corazón a corazón
tal cual cadena
se eleva hacia el melancólico
señor de las estrellas
me creía en un ensueño
droláticas mis pesadumbres
descansando sin movimiento
dentro de una niebla hecha de marfil
color carmesí
hincaste tus colmillos en mí
por fin viniste y sostuviste mi mano
¿por qué no habías llegado antes?
a mis anteriores llamados no acudiste
pero, ¿quejarme debo yo?
¿acaso no nos habíamos visitado antes
en tantas otras vidas?
te he convocado en la eterna existencia
de mi ánima
sangre y carne, sin importancia
hijo del Sol, hijo de las estrellas
me alegra finalmente estar en
mi lugar de procedencia.


Un poema que escribí para mi asignatura de Análisis literario. La tarea fue el pretexto, mi prometido fue la motivación. Nunca creí que un hombre pudiera enamorarme tanto como para dedicar mi existencia a él. Es hora de leer a Anne Carson, creo yo.

viernes, 14 de enero de 2022

Paisajes canadienses, Kurt Wallander y alienígenas hablando kobaïano.

Me aparezco por aquí para actualizar mi blog. Aunque sea un poco. En 2018 fue la última vez que hice un conteo de los libros que leí en el año, y pues teniendo en cuenta que éste año sólo leí 16 libros, me pareció sencillo venir a comentar un poco sobre ellos, en forma de derrame de ideas. Desempolvar el desastre de blog que tengo.

Por fortuna en la actualidad me encuentro ocupada de verdad, pues entré a la universidad hace un semestre. Apenas. Pero algo es algo y me ha servido para al menos hacer de mi vida algo más útil y productivo. También tomo clases extracurriculares de sueco.

Hacía años se me había quitado mi rasgo característico de ser obsesiva, pero para mi sorpresa este año regresó y a tope. Me enamoré por primera vez también -ridículamente de figuras públicas-, y además dos veces, lo cual no es que me haya ayudado mucho a esta característica que hizo su atroz retorno. Me obsesiono con todo. Me puse a coleccionar discos elepé, ya sean remasters, first pressings o de colorcitos. Y con eso viene mi obsesión por descubrir nueva música, mínimo un grupo por semana. He de haber descubierto más de cien bandas el año pasado, 2021. Tal vez hasta unas doscientas, entre esas muchas que terminaron siendo mis preferidas, como Camel y Caravan, no sé, por mencionar algunas... O Squakett, Magma y su kobaïano o Miles Davis. O el proyecto de Neil Peart, Burning for Buddy. También me obsesioné con mi carrera. Y me obsesioné con la idea de poseer tal o cual libro, y terminé por romper el cochinito y comprarlos. También, parte de mi obsesión es el conseguir un segundo trabajo, a pesar de ya tener uno. Necesito hacer algo con mis días, no tirarlos por la borda, a pesar de mi cansancio y mi privación de sueño.

Comencé a leerme una saga, -raro de mí-, y además policiaca, -más raro de mí-. Me refiero a la saga de Kurt Wallander, novelas suecas sobre un curioso jefe de policía con sobrepeso y problemas existenciales. Me leí las primeras dos de su saga, y me gustaron mucho. Éste 2022 seguiré leyéndolo.

Terminé un libro que agarraba y abandonaba una y otra vez durante cuatro años: La joven de la perla de Tracy Chevalier. No fue lo mejor de lo mejor, pero me mantuvo entretenida. 

Para el placer psicológico de mi yo quinceañera, me leí El Decamerón de Bocaccio y Las chicas de Emma Cline. Mi yo morbosa, en ambos libros, se encontraba muy emocionada. El primero lo leí para un examen de la uni. El segundo me gustó, no tanto como esperaba, pero satisfizo mi ya mencionado morbo -en este caso por los asesinos y cultos-.

Novelas destacadas del año fueron El club de la buena estrella de Amy Tan, La defensa y Pnin de mi amado Nabokov, Los cuentos siniestros de Kobo Abe, Kitchen de Banana Yoshimoto y La policía de la memoria de Yoko Ogawa. Todas fueron una clase de alimento cósmico para mi alma. Las amé de inicio a fin, me llevaron por una oleada de emociones y momentos memorables.

También me leí dos ensayos: Territorio Lolita de Ana Clavel y Cinco mil años de palabras de Carlos Prieto, pues mi yo pseudo-lingüista tenía que regocijarse en algo. Territorio Lolita me encantó, principalmente por sus guiños al trabajo de micro-historia de Robert Darnton y su investigación sobre Caperucita Roja y los cuentos de Mama Oca. Mientras tanto, Cinco mil años de palabras me hubiera gustado mucho más si no hubieran sido tantas cifras y más una plática. pero aprendí muchísimo de Prieto, por lo cual le di 5 estrellas en Goodreads.

Dos lecturas extrañísimas, pero también muy queridas por mí, fueron producto de compras impulsivas: Los peligros de fumar en la cama de Mariana Enríquez y Los restos del día de Kazuo Ishiguro. A ambos autores les tenía muchas ganas, y, maravilla de maravillas, no me decepcionaron. 

Finalicé el libro de uno de los objetos de mi amor, dramas y obsesiones, Neil Peart, con su triste libro sobre su duelo, The Ghost Rider. Muchos paisajes canadienses, mexicanos y estadunidenses en su libro. Demasiados, diría yo. Un libro muy introspectivo, descriptivo y, en momentos, muy triste. Imagínense yo, enamorada de Peart, sabiendo que falleció hace dos años y leyendo sus memorias de las muertes que el vivió. Dramático.

El último libro del año fue Skagboys, precuela de la saga de Trainspotting, la cual ya tenía muy abandonada. Un librín que disfruté bastante, mas no mi preferido de la saga ni del año.

Veremos que nos trae el nuevo año. Hasta ahora todo bien.

jueves, 24 de junio de 2021

Dosis de relatos kafkianos mensual: "El dictador" de Kobo Abe.

Andrej Dugin y Olga Dugina

He regresado para volver a desaparecer, lo más probable. Estoy activa semanalmente en La defensa de Luzhin, por si queréis echarle un ojo. Sólo os quiero compartir un cuento que me gustó mucho, de uno de mis autores preferidos y también de mis más amados y admirados.

Publicado por Eterna Cadencia Editora, este cuento viene en Historia de las pulgas que viajaron a la Luna y otros cuentos de ficción científica. Sí, qué título más largo. Bueno, es uno muy chulo, os lo recomiendo. Fue publicado originalmente en 1955.


El dictador

Kobo Abe

El Doctor Aire, como indica su nombre, se dedicó toda la vida a las investigaciones sobre el aire. En uno de los últimos días de su vida, el doctor subió al estrado para dar un discurso delante de los estudiantes–: Yo transformé el aire en algo tan flexible e inacabable como la arcilla entre los dedos del escultor. También alteré la disposición de partículas del aire para producir desniveles artificiales de presiones atmosféricas y así logré controlar tifones, lluvias y la temperatura, además de posibilitar el mayor aprovechamiento de la fuerza eólica. Incluso llegué a hacer el aire impermeable al sonido, en contra de su naturaleza ingénita. Ahora bien, si la gente busca desentrañar mis investigaciones a favor del progreso humano, tendrá en sus manos la felicidad infinita. Sin embargo, no hay ni un sabio que me haga caso, porque el progreso no sólo es costoso sino también perjudicial para la moralidad. 

Los estudiantes abstraídos dormitaban o perforaban escritorios con navajas sin prestarle atención. El doctor aspiró por la nariz y se quitó las legañas de los ojos con la punta del dedo. Y se apresuró a añadir–: Con esto termino mi lección–. Los estudiantes dormidos se despertaron de repente. Alcanzaron a ver sólo la espalda, tan difusa y triste como su nombre, del doctor que se retiraba del estrado. 

Todo esto se atribuía al dictador que gobernaba el país. Desde que su hermano banquero cayó en cama por una gripe incurable, el dictador sólo pasaba días tediosos sin nada que hacer, angustiado del ocio imperante durante los últimos cinco años. Teniendo en cuenta el lema de su régimen: “El orden todo el tiempo”, el estado de tedio se podía considerar como la máxima realización de su ideal. De hecho, el dictador no guardaba ni la mínima intención de oponerse a esta felicidad ociosa. Lo único que intentó fue practicar en secreto la música para matar el tiempo... 

Por desgracia, el dictador fue un hombre tan torpe como nadie; sus manos se dividían en cinco ramas gruesas hacia la punta, a las cuales parecían no llegarles los nervios. Fue por esta misma razón que prefirió ser vocalista. A diferencia de los instrumentos musicales, la garganta le permitía producir sonidos con relativa facilidad. No buscaba más que complacerse a sí mismo en privado, lo cual era imposible al tratarse de un dictador. Pronto se enteraron los súbditos y le cayeron con una avalancha de elogios; acostumbrados tan sólo a manejar lisonjas a nivel supremo, insistieron en que debía dar un recital en el auditorio nacional. Desde luego, el dictador no tenía ni la menor idea de lo que era la modestia. Para seguir el mecanismo automatizado de “El orden todo el tiempo”, convocaron un día a todos los ciudadanos. 

En medio de una precaución extrema, el dictador llegó al auditorio, sentado con holgura sobre un cojín del carro de vidrio polarizado, con una menta afinadora de la voz en su boca. Un saludo. Sonó la banda marcial. El dictador caminó tambaleante. Al tratarse de un discurso, nunca perdía el aplomo aunque fuera delante de millones de personas, pero todo fue diferente ese día. Iba a cantar una canción melodiosa, algo sentimental. Quizá no fuera buena selección. Mejor hubiera escogido un canto militar, más apropiado a su investidura. En la antesala hojeó apurado La colección de mis cantos favoritos. El corazón palpitó con pequeños brincos. Ingirió una dosis de alcohol. Uno de los sirvientes acudió a su lado para mostrarle el cronómetro: faltaban treinta segundos. El dictador respiró profundo al levantarse. Con pasos inseguros atisbó el auditorio. Se le ocurrió una buena idea. Al volverse, se desplomó diciendo: “Me siento asfixiado”... Hasta ahí llegaron sus pretensiones artísticas y todo terminó en paz.

Sin embargo, había emitido sin querer una frase fatal justo antes de desmayarse: “Dentro de un mes voy a organizarlo de nuevo.” Qué responsabilidad tan odiosa. Al pensarlo de noche, no podía dormir de preocupación. Uno de esos días se acordó de haber oído hablar de un tal Doctor Aire, quien, según decían, había inventado un método para hacer el aire impermeable al sonido. Podía ser una persona útil.

Pronto se celebró el segundo recital. El dictador se presentó al escenario, sin tropiezo esta vez. De repente hubo un estruendo que desgarró el espacio, y se esfumaron todos los sonidos terrenales; fue que la máquina del Doctor Aire procesó el aire de una manera especial. El dictador cantó a su antojo. Cuando terminó de cantar sin sonido, el auditorio tembló de aplausos en un silencio terrorífico. 

En su camino de regreso, el dictador, todo contento, se abstraía ante el paisaje, pensando en qué clase de condecoración le iba a otorgar al Doctor Aire. En un instante se percató de la confusión que se había propagado en la ciudad por causa del silencio. Se sonrió un tanto avergonzado al tratar de pedirle al sirviente que llamara al Doctor Aire de inmediato para que devolviera el aire al estado normal; claro, no servían ni la voz ni el teléfono en medio de este aire impermeable. 

Su coche se detuvo en seco; el auto delantero chocó con otro que había invadido la avenida, sin ruido, de una manera inesperada. Acudieron varios oficiales para sacar al conductor imprudente: era el mismo Doctor Aire. Había salido, sin soportar más el silencio, cargando la máquina para encontrarse cuanto antes con el dictador. Tanto el doctor como la máquina estaban muertos. El dictador se sobrecogió al recordar que el doctor le había dicho una vez que no dejaba ningún registro de sus investigaciones para evitar el abuso. Gritó sin querer algo ininteligible. Había mucha gente que gritaba. Por más que gritara, el silencio absoluto le pesó cada vez con mayor presión. El dictador se calló; se calló a voz en cuello. Y alcanzó a escuchar el desmoronamiento que se le acercaba con pasos firmes, así como la oscuridad que avanzaba al anochecer.

viernes, 23 de abril de 2021

Un intento de oda a toda la gran música o 'La defensa de Luzhin'.

Franz Stassen

He estado pensando en crear otro blog para comentar música, música que me he topado por ahí o que simplemente me apasiona. Pero luego consideré que desertaría finalmente en ambos blogs, y que por lo tanto debería utilizar siempre a Lunas y Nínfulas para todo lo que me plazca y apetezca publicar, desde ñoñadas de literatura, estudios y arte, hasta fangirleo innecesario y cosas de música. Pero no me sentiría muy cómoda, pues habría un desequilibrio en mi contenido.
Puedo comentaros que no es fácil escribir sobre música de una manera convincente... O al menos aún no lo logro bien en los mil borradores que tengo en mi nuevo sitio de Blogger. Y es que finalmente, en un impulso, creé La defensa de Luzhin, un sitio con el único fin de compartir mi más querida música. 
También tendré de momento a momento invitados, para llenarlo de diversidad. Recordad que apenas estoy comenzando. Al momento sólo hay un post. 
Los géneros musicales de los que se hablarán en el blog serán jazz, blues, metal y todos sus subgéneros, rock y géneros experimentales.
Si os gusta desde John Coltrane hasta Gentle Giant, de Jethro Tull hasta Therion, de Uriah Heep hasta Bloodbath, de Massacre hasta Supertramp, este blog es para ustedes. También, de mi parte, habrá mucho fangirleo a -mi gran obsesión- Mikael Åkerfeldt. Tanto así que hasta cambié la firma con la que escribo tanto aquí como allá, a Caterina la Åkerfeldtiana. Ya sé, ridícula.
Espero disfruten del futuro de ambos blogs. Os abrazo.

Aquí el link al blog.

jueves, 18 de marzo de 2021

El ‘Ser una escalera’ y otras formas de introspección: Una reseña del cuento “El salto evolutivo” de Rosa Beltrán.

 Jacopo Barbari

Una mujer, anónima, brinca de un psicólogo a otro, en lo que parece ser en un solo parpadeo. Con una atmósfera asfixiante, la protagonista lidiará con psicólogos de diversas corrientes terapéuticas. Así pues, es una suerte de crítica a los procedimientos que hacen los expertos, en situaciones similares a la de la protagonista. El objetivo de ésta es superar la ruptura con su ex marido y aceptar su soledad.

Haciendo referencia a Sigmund Freud y guiñándole el ojo a los postulados darwinistas sociales, Rosa Beltrán crea una sátira que mira desde la frase la supervivencia del más apto, como una clase de microscopio, ventana que proyecta el comportamiento humano llevándolo a lo absurdo, a lo humorístico. La misma protagonista se siente identificada con Gregorio Samsa, o, sugerido por uno de sus psicólogos, con una escalera. Además, el anonimato de la protagonista nos sugiere que es la misma Rosa Beltrán. Sobre su escritura, cabe destacar los deslizantes cambios de espacio-tiempo, manejados magistralmente, y  los diálogos, frustrantes e hilarantes.

Rosa Beltrán, nacida en 1960, cursó la licenciatura de literatura hispánica en la UNAM, así como un doctorado en literatura comparada en la UCLA. Fue elegida como miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua el 12 de junio de 2014. Ha sido publicada por Seix Barral y Editorial Alfaguara.

Material de Lectura, donde se nos presenta una recopilación de los cuentos “Supervivencia del más apto”, “El origen de las especies”, “Teoría de la adaptación” y el “El salto evolutivo”, mantiene los mismos enredos psicológicos y el mismo interés por las teorías de Darwin y vertientes similares, los cuales surgieron posteriores a su novela El cuerpo expuesto. Publicado por la UNAM, fue presentado en el marco de la Edición 42 de la FIL del Palacio de Minería, este 2021.

*Tarea para un taller de Casa del Lago, UNAM que me apeteció publicar por aquí también.*
*Recuerden tengo 20 años, soy torpe aún.*

domingo, 24 de enero de 2021

Un cuento a la par de 'El Monje' y de 'Los elíxires del diablo': "El ermitaño" de Dino Buzzati.

Cornelis Saftleven

He comenzado a tomar exámenes para mi futuro no tan futuro. Y es que no he parado de estudiar los últimos 5-6 meses. Pensé la cuarentena me daría cabeza para aparecerme más por aquí, pero apenas y me alcanza para estudiar física, química y matemáticas diariamente. Y de vez en cuando a ensayar el bajo, con el fin de seguir los pasos de Geezer Butler y de Burke Shelley.

El caso es que, al menos para agregarle contenido a mi querido Lunas y Nínfulas, el cual es una clase de journal para mí, he decidido compartir uno de mis relatos preferidos de Dino Buzzati, el cual viene incluido en el compendio de relatos Las noches difíciles, publicado por Acantilado, que os recomiendo comprar con todo mi corazón. 

Un relato bastante siniestro, al menos a mi parecer. Como indiqué en el título, me recuerda mucho a esas dos maravillosas obras. No tengo mucho que comentar, pues spoilearía la trama del cuento. Además es un cuento pequeñito, os lo leeréis en cuestión de minutos. Disfrutad, disfrutad la obra de Buzzati.


El ermitaño

Dino Buzzati

En la soleada Tebaida vivía un ermitaño, llamado Floriano, para quien toda santidad era poca.

En materia de ascetismo, ayunos, frugalidad, renuncias y sacrificios era el primero de la clase. No era más que pellejo y huesos. A pesar de todo, siempre tenía miedo de no estar en gracia de Dios. Entre otras cosas le angustiaba el hecho de que, con cincuenta años cumplidos, jamás había conseguido hacer un milagro que fuese un verdadero milagro. Mientras que sus compañeros, por ejemplo Hermógenes, Calibrio, Euneo, Terságoras, Columetta y Fedo contaban en su haber por lo menos con media docena por cabeza.

 En éstas ocurrió que un día fue anunciada la llegada, desde Roma, de un fraile sapientísimo y gran confesor, que recorría los principales centros monásticos de la cristiandad esparciendo la semilla del Señor. 

Hizo su aparición al volante de un dos plazas descapotable y fumaba «Gitanes» sin interrupción, lo que sorprendió a los piadosos habitantes de aquellas selváticas cavernas. Pero las credenciales que le acompañaban desvanecieron cualquier perplejidad. 

Fray Basilio levantó su tienda a rayas blancas y rojas a los pies de la roca más alta y empezó a recibir a los penitentes. El primero fue Floriano. 

El fraile era de lo más simpático y jovial. No permitió que Floriano se arrodillase, es más, le obligó a sentarse en una butaquita de lona plegable de tipo sahariano, invitándole a abrirle su corazón. Y Floriano le explicó qué rémora le atormentaba, a pesar de todas sus penitencias. El otro, sentado frente a él, le escuchaba sonriendo y de vez en cuando sacudía la cabeza. 

Cuando Floriano terminó, el otro le preguntó: 

—¿Fijo o vagabundo? 

—Vagabundo —respondió Floriano con un deje de orgullo. 

Había, de hecho, en Tebaida, una gran diferencia entre los ermitaños fijos, que escogían una gruta y de allí no se movían, y los ermitaños que en cambio no tenían una morada estable, no pasaban jamás dos noches consecutivas en el mismo sitio sino que se desplazaban de una roca a otra, instalándose en grutas vírgenes, carentes de las comodidades más elementales y visitadas a menudo por pequeñas fieras, murciélagos y serpientes. La vida de esta segunda categoría era evidentemente bastante más incómoda y peligrosa. 

—¿Y de qué te alimentas? 

—Langostas exclusivamente. 

—¿Frescas o disecadas? 

—Disecadas. 

—¿Nada de miel? 

—No sé a qué sabe —respondió Floriano. 

—¿Y sueles flagelarte? 

Floriano levantó una punta de la cochambrosa sarga que le hacía de capa y le mostró la espalda, flaquísima, enteramente surcada de rayas cárdenas. 

—Bien —fue el comentario del fraile, quien ni por un momento abandonó su sonrisa, casi maliciosa. Luego carraspeó un poco y empezó a hablar: 

—Tu caso es clarísimo, venerable ermitaño. Si tú no adviertes, como desearías, la presencia de Dios en ti, la razón es sólo una: tú, Floriano, eres demasiado orgulloso. 

—¿Orgulloso yo? —dijo el otro estupefacto—. ¿Orgulloso yo que voy descalzo, cubierto por una áspera y dura sarga, que me alimento de nauseabundos insectos, que tengo por lecho nocturno los excrementos de los chacales, de los búhos y de las culebras? 

—Precisamente, venerable Floriano: cuánto más mortificas y castigas tu cuerpo, más virtuoso y merecedor de Dios te sientes. Si tus entrañas gimen, si tus miembros languidecen, tu espíritu en compensación se eleva y se crece. Y esto se llama orgullo. 

—¡Dios mío! —exclamó en su candor el anacoreta espantado—: ¿Y qué diantres puedo hacer? 

—Fácil es humillar la materia —declaró Fray Basilio, que a decir verdad tenía una cara rebosante de salud—. Mucho más difícil y meritorio es humillar el ánimo y hacerle sufrir para alcanzar la misericordia divina. 

—¡Es verdad, es verdad! —dijo Floriano que repentinamente descubría horizontes hasta ahora inimaginados—. ¡Es al espíritu al que hay que castigar, es el espíritu el que debe sufrir! 

—Veo que me sigues —dijo el gran confesor venido de Roma—. Ahora dime, ¿cuál es la condición más dolorosa, más humillante para nuestro espíritu? 

—No hay duda, padre mío: ningún dolor es mayor que hallarse en pecado mortal. 

—Bien dicho, noble Floriano. Sólo el pecado podrá proporcionarte la necesaria humillación; y cuanto más infames sean tus pecados, más amarga será la aflicción del ánimo. 

—¡Pero es horrible! —dijo Floriano asustado. 

—Desde luego el camino que lleva a la santidad es arduo —aprobó el fraile—. ¿Tú creías que con dos latigazos estaba todo arreglado? Muy distinto, y mucho más odioso, es el sufrimiento que nos hará ganar el paraíso. 

—¿Y qué debo hacer? 

—Es muy sencillo. Obedecer a las incitaciones del Maligno. Tú, por ejemplo, ¿sufres accesos de envidia? 

—Desgraciadamente, padre. Cuando me anuncian que uno de mis compañeros ha realizado un nuevo milagro, siento como una punzada en el corazón. Pero hasta ahora, gracias a Dios, siempre lo he dominado. 

—Mal, muy mal, venerable Floriano. A partir de ahora deberás abandonarte a este triste sentimiento, y recrearte en él. Otra cosa: cuando una hermosa penitente viene a confesarse, ¿sueles desearla? 

—Terriblemente, padre. Pero hasta ahora, gracias a Dios, siempre he conseguido dominarme. 

—Mal, muy mal, venerable Floriano. Las tentaciones te las envía el Cielo precisamente para que tú te dejes arrastrar por ellas, y te hundas en el fango, y por esta abyección derrames lágrimas amargas. 

El ermitaño salió de la tienda de fray Basilio completamente trastornado. O sea que lo había hecho todo mal. O sea que él, y sus amigos de Tebaida, eran ingenuos provincianos que no habían entendido nada de los misterios divinos. Cuántas más vueltas le daba, más cuenta se daba de que el gran confesor tenía razón. Algo bastante distinto a masticar langostas. Superar la náusea del pecado, ésa era la verdadera prueba, ése era el sistema más enérgico para castigarse, humillarse, sufrir, ése era el supremo ofrecimiento de amor al Omnipotente. 

Y con el mismo metódico celo con el que hasta ahora había castigado su cuerpo, el ermitaño empezó a torturar a su propio espíritu, pecando. Y para tener remordimientos cada vez más lacerantes, para padecer angustias cada vez más ardientes, discurría las acciones más bajas y despreciables. Calumniaba a los demás compañeros, robaba los cepillos de las limosnas, fornicaba de noche con las peripatéticas del desierto, llegó incluso a esparcir diariamente infames cartas anónimas, aprovechándose de las confesiones recibidas, denunciando a los maridos sus mujeres adúlteras, a las esposas sus maridos infieles, a los señores sus siervos deshonestos, a los padres sus hijas viciosas. Esta, la de las cartas anónimas, le parecía, justamente, la acción más infame. Y en consecuencia, su ánimo, bueno, padecía inconmensurablemente. 

Mientras tanto, en su ingenuidad, a veces pensaba: qué enrevesado está el mundo: se desprecia y se castiga a los ladrones, a los traidores, a los usureros, a los explotadores, a los homicidas, y quizá se trata de personas buenísimas, de gentilhombres abrumados por tentaciones más fuertes que ellos mismos, y por lo tanto desdichados. Compadecerse de ellos, no perseguirles eso es lo que habría que hacer, no meterlos en la cárcel sino consolarlos y cubrirlos de honores. 

Gozaba de tal fama de santidad el ermitaño Floriano, que sus infamias pudieron proseguir mucho tiempo sin que nadie sospechase de su autor. Pero he aquí que una joven recién casada, por su culpa sorprendida in fraganti por el marido y repudiada con pública ignominia, se juró a sí misma descubrir al delator; sabía que siempre había hecho las cosas con cuidado, también sabía que sólo había una persona en el mundo que podía estar al corriente de sus intrigas amorosas: el ermitaño con quien iba a confesarse. Consiguió pues hacerse con la carta anónima recibida por su marido, consiguió hacerse con un papel en el que Floriano, años atrás, había escrito un himno religioso. Hecha la comparación, se convenció. Y denunció el hecho a las autoridades judiciales. 

Como en el país regían leyes altamente civilizadas, las cartas anónimas estaban castigadas con la pena de muerte mediante decapitación. Las pruebas, en este caso, eran incluso demasiado evidentes. Un destacamento de guardias galopó hasta Tebaida y trajo al ermitaño prisionero. 

Durante el proceso, justamente para exasperar su propia abyección y de la fechoría extraer la peor mortificación, Floriano no sólo confesó haber escrito la carta inculpada sino también todos los demás atropellos. El día que el tribunal pronunció su condena a muerte, su corazón, devorado por la conciencia del mal realizado, era como una blanca paloma en el asador, despanzurrada y atravesada de parte a parte; y era tal su desesperación que por primera vez se atrevió a pensar que, de esta forma, había conquistado realmente el paraíso. 

Sólo cuando, desnudo y cruelmente fustigado, entre las contumelias de la enfurecida plebe, fue llevado al patíbulo y desde allí miró en derredor en una especie de absorto extravío, y a los pies del patíbulo descubrió a fray Basilio que le miraba haciéndole guiños, sólo entonces finalmente se dio cuenta de la horrible trampa en la que le habían hecho caer: el gran confesor no era otro que el demonio, que ahora habría recogido su alma deshonrada. 

Ante este pensamiento, la congoja fue más fuerte que él y el pobre ermitaño estalló en un llanto salvaje. Naturalmente la gente que le rodeaba creyó que sólo era cobarde miedo de morir. 

Pero ya descendían sobre la plaza las primeras sombras de la noche. Y en aquel crepúsculo violeta, cuando vibró el hacha del verdugo, en torno a la cabeza del anacoreta que caía en el cesto dispuesto a tal efecto, todos pudieron contemplar, claramente, una aureola resplandeciente. 

Entonces el que se había hecho pasar por fray Basilio huyó, abriéndose paso a empellones entre la multitud. Había triunfado en una empresa hasta entonces jamás realizada en la historia del mundo, en la empresa, para un diablo, más deshonrosa y absurda de todas: la de llevar a un hombre a la gloria de Dios a fuerza de inmundos pecados. 

—Rediez —imprecaba—, pues es verdad: los caminos del Señor son infinitos.



Fuentes: 
Texto sacado de "Las noches difíciles" de Dino Buzzati, traducción de Atalaire, Editorial Acantilado, edición del 2010.

domingo, 10 de enero de 2021

Una historia más escalofriante que cualquier relato de ficción. Una reseña de 'Cisnes salvajes: tres hijas de China' de Jung Chang.


‘‘Quienes se atrevían a expresar dudas eran inmediatamente acallados o despedidos, lo que implicaba asimismo la discriminación para su familia y un triste futuro para sus hijos.’’

Este libro mi madre me lo comenzó a recomendar, según yo, desde que cumplí los 16. Y de ahí, casi siempre que le pedía que me recomendara una próxima lectura, aparecía éste en su lista.
Mi mamá no es muy aficionada del lejano oriente, contrario a mí, que desde que ella me puso Sakura Card Captor y Sailor Moon a mis siete años, me volví fanática de diversos temas de esos rumbos, pero, sobre todo de Japón. 
Creo el único lugar que a mi mamá le interesa de allá es China, principalmente por los increíbles Guerreros de terracota. Y a mi papá le encantaría visitar la muralla. Obviamente a mí también, principalmente me fliparía ver los Guerreros.
Antes de este libro no sabía nada de China, más allá de la existencia de esas dos atracciones turísticas. 

A mediados de este terrible año, me leí 'El error de Occidente' de Soltzhenitsyn, que trata sobre el comunismo stalinista, -os recomiendo esa increíble colección de ensayos-, y, finalmente interesada en leerme un libro histórico sobre el comunismo, me decidí a leer Los cisnes salvajes. Mi mamá se puso feliz de que por fin lo agarrara de los estantes.
Las citas que pondré en este post serán las que más me impactaron. O las que quedan con el subtema del que estaré escribiendo.

Esta triste belleza de libro relata la historia de tres mujeres nacidas en China. La abuela, la madre y la hija, respectivamente, la cual va de la tardía Dinastía Qing, hasta una China relativamente liberada en los 80's.

‘‘Por si fuera poco, habían terminado las persecuciones políticas, y la gente gozaba de un relativo bienestar. Todo el mérito de ello recayó sobre Mao. Aunque los otros líderes de la nación sabían en qué había consistido la contribución de éste, el pueblo continuaba ignorándolo. Recuerdo haber escrito a lo largo de aquellos años apasionados elogios en los que agradecía a Mao todos sus éxitos y le juraba lealtad eterna.’’

Como una grulla entre las gallinas.  

La abuela de Jung, una bella mujer que padeció una horrible tradición longeva de China: la de los 'lirios dorados de ocho centímetros', ósea, el romperles los pies a las niñas de 2 a 4 años para que estos estén siempre pequeñísimos. Y es que esto se consideraba algo erótico.
Jung cuenta sobre como éste proceso afecta la vida de quienes lo padecen, el cómo tienen que cuidarse los pies, -cortarse pedazos de carne muerta, baños de agua caliente-, el que no pueden quitarse las vendas puesto que comenzará a crecer el pie apenas se sienta liberado, entre otros martirios.

Se les forzaba a transformarse en concubinas. Pero luego se las tachaba de fáciles por haber ‘accedido’, lo cual, como ya mencioné, no era su elección. Válgame el machismo de épocas pasadas.
Y es que no puedes realmente achacarles a los bisabuelos de Yung nada, ya que, pues, así se hacía en la época, así se era. 

Lo único que me agradó del padre de Yu fang -el bisabuelo de Jung-, es que a pesar de que era un desgraciado, típico señor supersticioso e ignorante, instruyó a su hija en una diversidad de campos, pues quería educarla como una 'perfecta dama', a pesar que desde esa época el analfabetismo era una ‘muestra de virtud en las mujeres de clase inferior’’. La envió a un colegio femenino, aprendió mah-jongg, go, bordado, dibujo, así como se le enseño a tocar el qin. 

Sin contar toda la historia, Yu Fang logra escapar de la vida de concubina, y consigue a una pareja que amé con todo mi corazón, el Doctor Xia, quien la adoró y aceptó hasta el final de sus días.

El marco histórico en el que se encuentra esto último es el de la llegada de Chiang Kai-shek y su Kuomintang, así como el de la invasión japonesa. De esta última no quiero comentar mucho, ya que me faltaría investigar más para redactar un mejor comentario sobre ésta. Mi mamá les agarró tirria a los nipones desde este libro.

“La teoría del Partido era que las personas educadas como ella lo había sido tenían que dejar de comportarse como burgueses y parecerse más a los campesinos, los cuales constituían el ochenta por ciento de la población.”

Sobre Bao y Wang Yu.
El padre de Jung es un 'personaje' increíble, creo el más destacable. 
Funcionario comunista, cree ciegamente en el comunismo, siempre dándole preferencia a cualquier ‘dogma’ impuesto por el partido, antes que a su propia esposa, dejándola, por ejemplo, algunas veces caminar, embarazada, por lugares peligrosísimos, yendo de peregrina, mientras él, Wang-yu, iba en un cómodo vehículo. Cuando Wang-yu ve sus creencias cuestionadas, gracias a una serie de desgracias que le suceden, como verse atacado por su propia gente a la que tanto confiaba, -en el episodio histórico de la Revolución Cultural, y de ahí para adelante, no para de sufrir situaciones tormentosas hasta sus últimos días-, su carácter se transforma, mostrando la bella persona que lleva dentro, dando una profunda tristeza al lector.

A la madre de Jung le toca una y otra vez el que la persiga el partido comunista, a pesar de que ella apoyó al partido comunista desde el inicio, pensando iba a brindarle a China un próspero futuro. 
Un episodio del libro que me impresionó, sin dar muchos detalles, que tiene a Bao Qin como foco central, es cuando Mao pide que le manden críticas para tomarlas a consideración. Esa invitación a criticarlo se la manda principalmente a los intelectuales. 
Bao Qin se emociona al escuchar la noticia, y le avisa a todos sus conocidos que manden sus opiniones, sugerencias y críticas al gran Mao. El caso es que todo fue una trampa, y terminan castigando a todos los que le criticaron, hiriendo a Bao en su orgullo comunista, por primera vez.

Los obreros y campesinos no le inquietaban, ya que confiaba en su gratitud hacia los comunistas por haberles llenado el estómago y haberles proporcionado una existencia estable. Asimismo, mostraba un desprecio básico por ellos: no creía que tuvieran la suficiente capacidad mental como para desafiar su mandato. Sin embargo, Mao siempre había desconfiado de los intelectuales. Los intelectuales habían desempeñado un papel fundamental en Hungría, y se mostraban más aficionados que el resto de las personas a pensar por sí mismos.

La ignorancia.
He visto que en muchos regímenes se apunta hacia la ignorancia, lo cual siempre me ha asustado y me ha causado rechazo. Pero es totalmente comprensible: Si tienes un pueblo ignorante, podrás pisotearlos, manipularlos y abusarlos, no se cuestionarán nada, pues no tienen conocimiento de algo mejor. Otro aspecto interesante era como Mao le echaba arena a todo lo extranjero, como los vestidos bonitos, los libros, entre otros, tachándolos de burgueses. Y justamente eso le causaba culpa a Jung, pues ella no entendía por qué esas cosas tan bonitas y llamativas se suponían eran malas, cuando ella sentía una gran atracción hacia ellas, y ganas de poseerlas.
Y Jung Chang escribió una frase al respecto, que creo se ha vuelto uno de mis fragmentos literarios preferidos:

Podía comprender la ignorancia, pero me negaba a aceptar su glorificación, y mucho menos su autoridad.

Zì qī qī rén: Sobre 'El Gran Salto Adelante' de 1958-1961 y 'La Revolución Cultural'.
Creo dos de los hechos históricos más horribles de los que nunca había leído.
El Gran Salto Adelante empieza en 1958, haciendo que la población funda sus hornos y otros utencilios de metal, para sustentar el país de ese peculiar modo, con el fin de transformar la tradicional economía agrícola. Se prohibió la agricultura privada, mas se crearon comunas agrarias. Lo que sucede es que llega el hambre, debido a una racha de cosechas terribles. Y es aquí cuando mueren millones y millones de personas de inanición. 
Pero lo peor no acaba ahí. Mao y su séquito negaba el fracaso de las cosechas. Quienes se negaban a alardear sobre los ficticios logros con respecto a la producción agrícola, terminaban apaleados, perseguidos y algunas veces, incluso, muertos. Llegó al punto que se comenzó a comer niños.

“...Incluso los médicos solían alardear de enfermedades incurables milagrosamente sanadas.
A nuestro complejo solían llegar camiones cargados de campesinos sonrientes que acudían a informar de fantásticos logros sin precedentes. Un día era un pepino colosal que alcanzaba la mitad de la longitud del camión, otro día era un tomate que dos niños habían tenido dificultades para transportar. En otra ocasión pudimos ver un cerdo gigantesco encerrado en el camión. Los campesinos afirmaban que se trataba de un cerdo auténtico, cuando en realidad estaba fabricado de cartón-piedra.

Ahora sobre la Revolución Cultural, que fue de 1966 a 1976. Su fin era acabar con todo que no fuera comunista o que no siguiera los dogmas y pensamientos de Mao. Ósea, fue una purga, y lamentablemente exitosa. Una purga en contra de los intelectuales, a quienes estuvieran mínimamente relacionados con el Kuomintang y los altos funcionarios del partido comunista, donde lamentablemente se encontraban los padres de Yung. Ellos eran unos «enemigos de clase». Es aquí cuando se incentiva a los adolescentes a formar parte de la Guardia Roja. Y qué mejor objetivo de manipulación que un adolescentes sedientos de acción y aventura, como cita del libro, además de que fueron criados bajo la sombra de Mao, y además, bajo una tremenda ignorancia. Así, las masas juveniles, comenzaron a matar y torturar maestros, padres, y cualquiera se les cruzara en el camino. Entre las cosas que se promovieron, esta vez a la voz de Lin Biao, fue el destruir «Las cuatro antigüedades» ósea, las ideas, cultura, costumbres y hábitos antiguos. 


Sobre Er-hong, más tarde llamada Yung.

«¡Larga vida a nuestro gran líder, el presidente Mao!» Las lágrimas afloraron mis ojos. «¡Qué afortunada! ¡Qué increíblemente afortunada soy de poder vivir en la era del gran Mao Zedong! 
-repetía para mí misma una y otra vez-. ¿Cómo pueden los niños de países capitalistas continuar viviendo sin tener cerca al presidente Mao ni albergar la esperanza de verle algún día en persona?» Sentía deseos de hacer algo por ellos, de salvarles de su situación. Allí y entonces me juré solemnemente a mí misma que trabajaría sin descanso para construir una China más fuerte que pudiera apoyar una revolución mundial. También tendría que trabajar duramente para hacerme merecedora de ver al presidente Mao, objetivo que se convirtió en el propósito de mi vida.

Nacer bajo un sistema de adoctrinamiento fue la triste suerte de nuestra querida autora. Su fanatismo hacia Mao le lleva, junto con otros miles y miles de jóvenes, a hacer un gran viaje para poder verlo aunque sea sólo por un instante. Se vuelve parte de la Guardia Roja en la Revolución Cultural.
Posteriormente, se vuelve campesina. Obviamente no a su gusto.
La sección del libro que se me hizo completamente descabellada, es cuando Yung se vuelve doctora descalza, por cosas como que se suponía ella debía saber ejercer como doctora gracias a un solo libro, sin instrucción ni preparación alguna, mas que sólo ése libro. O el hecho que uno de los compañeros de Yung usaba utensilios médicos y no los esterilizaba. 
Yung logra entrar a la Universidad de Sichuan, para estudiar inglés. Pero todo estaba limitado. Podían meterlos a la cárcel sólo por escuchar la BBC o la Voz de América.
Un día les piden a los alumnos en clase que se emitiría un importante comunicado, y que se debían reunir en el patio para escucharlo. El caso es que Mao había muerto.

“Nuestros libros de texto o eran sino una ridícula colección de propaganda. La primera frase que aprendimos en inglés fue «¡Larga vida al presidente Mao!». Sin embargo, nadie osó analizarla gramaticalmente, ya que el chino en modo optativo —utilizado para expresar un deseo o un anhelo—resulta equivalente a “algo irreal’’. En 1966, un profesor de la Universidad de Sichuan había recibido una paliza ¡por tener la osadía de sugerir que “¡Larga vida al presidente Mao!’’ era una frase irreal! Uno de los capítulos trataba de un joven ‘’modelo’’ que había resultado ahogado al saltar del interior de una riada para rescatar un poste de telégrafo debido a que el poste en cuestión sería utilizado para transportar la voz del presidente Mao.”

En ese momento, Yung cuenta que no sabía si la gente lloraba por real devoción a Mao, por temor a ser asediados, o simplemente porque así estaban ya 'programados'. Por fortuna, después de su muerte, la Banda de los Cuatro es finalmente detenida y Deng Xiaoping sube al poder, por fin poniendo en cintura a su pobre país. 
Yung logra conseguir una beca y vuela a Inglaterra.



Conclusión.

En lo más personal, no sé porqué identifiqué a la familia de Yung con la mía. Yu Fang me recordó a mi abuela. Sus vidas difíciles –obviamente la vida de mi abuela, a pesar de haber sido tormentosa, nunca se le acercará a la penuria de vida que vivió Fang-.
Bao me recordó a mi mamá. Entre muchas razones, destacó el tema del amor por sus hijos y como lo reflejaba, y también porque ambas padecieron de tuberculosis.
Y yo, con Yung, no me identifiqué mucho. Tal vez sólo en el querer huir de mi país, que anda entramado hacia el mismo camino populista comunistoide que el de la China de Mao, rechazando la cultura, la medicina y ciencia, lleno de gente con devoción ciega al líder. También es obvio que aún no ha llegado a esos terribles extremos, pues está tranquilo aún este país, pero tal vez vamos para allá.

Aún me impresiona el hecho que Cisnes Salvajes está prohibido en la China actual, y que la imagen de Mao se encuentra en los billetes chinos.

Cisnes Salvajes de Jung Chang se ha convertido en mi libro preferido de todos los tiempos.
Apenas comienzo a recordarlo, y me dan ganas de echarme a llorar. Se me mezcla un sentimiento de amor y felicidad, así como de una profunda tristeza. Mientras he escrito esta publicación, he tenido un nudo en la garganta constantemente.
Gracias, mamá, por tan increíbles recomendaciones literarias, como siempre. Eres increíble.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Un texto bizarro escrito por Edogawa Rampo: 人間椅子 o 'La silla humana'.

Remedios Varo

Ya sé que es extraño que ilustre esta entrada de mi blog, que trata de un autor -japonés- con una pintura de Remedios Varo. Pero ya saben cómo soy yo, y que me encanta colocar en mi blog imágenes que poco o nada tienen que ver con el tema en cuestión. 

Pero, en este caso, para mí, sí hay una relación. Y es que esta es una imagen acertada a las que se proyectaron en mi mente mientras leía este relato.

Otra nota, como intro, es que me topé este cuento gracias a una de mis bandas preferidas de este último año, llamada de la misma manera '人間椅子' Ningen Isu o 'La silla humana'.  Ya conocía a Rampo con anterioridad, mas desconocía este escalofriante relato. No podría recomendaros más a este grupo, ya que es una mezcla perfecta de vibras orientales, doom iomminiano, y letras basadas en pura literatura. Principalmente en los relatos de Lovecraft. Aquí una canción que podrían escuchar mientras leen a Rampo.


人間椅子

(1925)

Edogawa Rampo

Yoshiko vio a su marido partir hacia su puesto de trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores poco después de las diez. Ya que una vez más disponía de su propio tiempo con entera libertad, se encerró en el estudio que compartía con su esposo para retomar el relato que tenía intención de remitir al número especial de verano de la revista K-.

Era una autora versátil de gran talento literario y de estilo fluido y sencillo. Incluso la popularidad de su marido como diplomático se veía eclipsada por la suya como escritora.

Los lectores la abrumaban a diario con cartas que elogiaban sus obras. De hecho, aquella misma mañana, en cuanto se hubo sentado ante el escritorio, echó una rápida ojeada a las numerosas misivas que habían llegado con el correo matinal. El contenido de todas seguía las mismas pautas sin excepción, pero, acuciada por un profundo sentido del respeto típicamente femenino, ella siempre leía cada una de ellas sin importarle que fueran o no interesantes.

En primer lugar se dedicó a las cartas más breves, que no le llevaron mucho tiempo. Por último se encontró con una que consistía en un voluminoso montón de páginas con apariencia de manuscrito. A pesar de que nadie le había avisado de un envío de esa índole, lo cierto es que no le resultaba extraño que escritores aficionados le enviaran sus relatos solicitando su apreciada opinión. En la mayoría de los casos se trataba de tentativas largas y absurdas que no incitaban más que al bostezo. No obstante, abrió el sobre que tenía en la mano y sacó las numerosas hojas de apretada escritura que contenía.

Tal y como había intuido, se trataba de un manuscrito que, por otra parte, estaba cuidadosamente dispuesto. Sin embargo, por alguna razón desconocida, no llevaba título ni firma. Comenzaba de forma brusca:

«Querida señora:…»

Reflexionó durante unos instantes. Quizá no fuese más que una carta, después de todo. Sin darse cuenta, sus ojos leyeron dos o tres líneas a toda velocidad y luego, poco a poco, se vio sumida en una narración extrañamente truculenta. Su curiosidad se disparó y, espoleada por un magnetismo desconocido, continuó leyendo:

»Querida señora: le ruego que me disculpe por enviarle una carta, siendo un completo extraño para usted. Lo que estoy a punto de escribirle, señora, le causará una impresión sin límites. Sin embargo, estoy decidido a presentarle una confesión (la mía) y a describir con todo detalle el terrible crimen que he cometido.

»Durante muchos meses me he escondido de las luces de la civilización, escondido, por así decirlo, como si fuera el mismo diablo. No existe nadie en el mundo que esté al tanto de mis acciones. No obstante, hace poco tiempo que en mi mente se produjo una extraña transformación y ya no podía guardar el secreto por más tiempo. ¡Tenía que confesar!

»Estoy seguro de que todo lo que he escrito hasta el momento no habrá suscitado más que su perplejidad. A pesar de todo, le ruego que siga adelante y tenga la bondad de leer mi relato hasta el final, ya que, de hacerlo, comprenderá totalmente las tribulaciones de mi mente y el motivo por el que la he elegido a usted en particular para realizar esta confesión.

»Lo cierto es que no sé por dónde empezar, porque los hechos de los que pretendo ocuparme son de una naturaleza realmente fuera de lo común. Para ser sincero, no tengo palabras, y es que las palabras humanas parecen del todo inadecuadas a la hora de afrontar la totalidad de los detalles. En cualquier caso, trataré de exponer los acontecimientos en orden cronológico, tal y como sucedieron.

»En primer lugar, permítame decirle que mi fealdad es difícil de describir. Por favor, no olvide esta circunstancia; en caso contrario, temo que cuando usted tenga a bien concederme, si es que llega a hacerlo, mi última petición, la de verme, bien pudiera ser víctima de una fuerte impresión y sentirse horrorizada ante mi rostro (sobre todo después de tantos meses de existencia bajo unas condiciones nada saludables). Sin embargo, ¡le suplico que me crea cuando afirmo que, a pesar de la extrema fealdad de mi cara, mi corazón siempre ha albergado la llama de una pasión desbordante y pura!

»En segundo lugar, permítame decirle que soy un humilde trabajador. De haber nacido en una familia adinerada, quizá hubiera tenido la posibilidad de aliviar mediante el dinero la tortura que la fealdad ha procurado a mi alma. O puede que, si la naturaleza me hubiese dotado de talento artístico, el consuelo de la música o la poesía me hubiera permitido olvidar mi desagradable rostro. Pero, al no recibir la bendición de tales dones, y siendo la desgraciada criatura que soy, no tuve más remedio que convertirme en un humilde ebanista. Y terminé especializándome en la elaboración de diversas clases de sillas.

»En este campo logré un éxito bastante notable, hasta tal punto que tenía fama de poder satisfacer cualquier tipo de petición por difícil que fuese. Por este motivo me convertí en un privilegiado dentro del mundillo de la ebanistería, alguien que solo aceptaba encargos de sillas de lujo, complicadas solicitudes para realizar grabados únicos, nuevos diseños de respaldos y apoyabrazos, extravagantes rellenos para los cojines y los asientos: todo ello de una naturaleza tal que requería la intervención de manos expertas, así como de un proceso y un estudio previo repletos de paciencia; en definitiva, una labor que no se hallaba al alcance de cualquier artesano aficionado.

»La recompensa a todas mis penas, sin embargo, radicaba en el puro placer de la creatividad. Quizá usted me considere un fanfarrón cuando lea estas palabras, pero creía disfrutar del mismo tipo de emoción que siente un verdadero artista al llevar a cabo una obra maestra.

»En cuanto terminaba una silla, tenía la costumbre de sentarme en ella para comprobar la sensación que producía, y, a pesar de la deprimente vida que llevamos los de mi humilde profesión, en esos momentos experimentaba una emoción indescriptible. Dejaba volar la imaginación y solía pensar en la gente que se acurrucaría en la silla, sin duda aristócratas que vivían en residencias palaciegas con exquisitas pinturas de incalculable valor en las paredes, fastuosas arañas de cristal colgadas de sus techos, caras alfombras en el suelo, etc.; y una silla en particular, que yo imaginaba situada ante una mesa de caoba, me traía la visión de flores occidentales que perfumaban el aire con un dulce y fragante aroma. Envuelto en estas extrañas visiones, llegué a sentir que yo también pertenecía a aquellos escenarios, y era infinito mi placer al verme como un personaje de gran influencia social.

»No dejaban de asaltarme pensamientos tan absurdos como los anteriores. Imagine, señora, la patética figura en que me convertía al sentarme cómodamente en una lujosa silla, que yo mismo había construido, y fingir que tenía en los brazos a la chica de mis sueños. Sin embargo, como siempre sucedía, la ruidosa cháchara de las vulgares mujeres del barrio y los histéricos lloriqueos, balbuceos y lamentos de sus hijos no tardaban en disipar todos mis bellos sueños; una vez más, la sombría realidad alzaba su fea cabeza ante mis ojos.

»De vuelta a la tierra, me veía a mí mismo otra vez como una criatura miserable, ¡un gusano que se arrastraba desvalido! Y en lo que respecta a mi amada, aquella mujer angelical, ella también se desvanecía como la bruma. ¡Me maldecía por mi estupidez! Y es que ni las desastradas mujeres que criaban a sus hijos en la calle se dignaban a dedicarme una mirada. Cada vez que terminaba una nueva silla me sentía presa de la más absoluta desesperación. Y con el transcurrir de los meses me iba ahogando en la persistencia de mi desgracia.

»Un día me pidieron que hiciera una gran butaca tapizada en cuero, un tipo de butaca que jamás se me había pasado por la imaginación, para un hotel extranjero de Yokohama. En realidad habían pensado traerlo de fuera del país, pero gracias al poder de convicción de mi patrón, que admiraba mi pericia como sillero, me lo encargaron a mí.

»Para estar a la altura de mi reputación como artesano de alto nivel, me dediqué en cuerpo y alma a mi nuevo trabajo. Poco a poco me fui hallando tan concentrado en esta labor que en ocasiones me olvidaba de comer y de dormir. La verdad es que no sería una exageración afirmar que aquel trabajo se convirtió en toda mi vida: cada fibra de la madera que utilizaba parecía unida a mi alma y a mi corazón.

»Cuando por fin estuvo terminada la butaca, experimenté una satisfacción desconocida hasta entonces, ya que, con toda franqueza, creía que había llevado a cabo una obra que estaba muy por encima del resto de mis creaciones. Como siempre hacía, dejé caer el peso de mi cuerpo sobre las cuatro patas que sujetaban la butaca, no sin antes haberla llevado hasta un lugar soleado del porche del taller. ¡Qué comodidad! ¡Qué inmenso lujo! Ni demasiado duro ni demasiado blando, los muelles parecían ajustarse al cojín con una precisión asombrosa. Y en cuanto al cuero, ¡qué tacto tan agradable poseía! Aquella butaca no solo sustentaba a la persona que se sentaba en ella, sino que también parecía abrazarla y arrullarla. Y eso no era todo: también percibí el perfecto ángulo de inclinación del respaldo, el delicado volumen de los apoyabrazos, la perfecta simetría de cada una de las partes que lo componían. Ningún otro objeto podría expresar con mayor elocuencia el significado de la palabra «comodidad».

»Dejé que mi cuerpo se hundiera en la butaca y, mientras acariciaba los dos apoyabrazos con ambas manos, lancé un suspiro de placer y de auténtica satisfacción.

»Una vez más pasé a ser un juguete en manos de la imaginación y en mi mente comenzaron a surgir extrañas fantasías. La escena que se presentó ante mis ojos era tan vívida que por un instante me pregunté si acaso no me estaría volviendo loco. Mientras me hallaba en aquel estado mental, me asaltó una extraña idea. No me cabe duda de que fue el mismo demonio quien me la susurró. A pesar de tratarse de mi siniestro pensamiento, me atrajo con un magnetismo tan poderoso que me resultó imposible resistirme.

»Es evidente que al principio la idea se vio fortalecida por mi secreto anhelo de quedarme con la butaca. Sin embargo, consciente de que aquello no podía ser, deseé acto seguido acompañar a aquel mueble fuera cual fuera su destino. A medida que iba dando forma a tan fantástica ocurrencia, mi mente caía de modo gradual, aunque firme, en la trampa de una tentación casi terrorífica. Imagínese, señora… ¡Lo cierto es que tomé la decisión de poner en práctica aquel horrible plan sin preocuparme de sus consecuencias!

»Me apresuré a destruir la butaca y después la reconstruí de acuerdo con mis extraños propósitos. Al ser de gran tamaño, con el asiento cubierto hasta el nivel del suelo, y con un respaldo y unos apoyabrazos también notables, no tardé en idear una cavidad lo bastante grande para acomodar a un hombre sin riesgo de que se notara su presencia. Ni que decir tiene que mi labor se veía obstaculizada por la enorme estructura de madera y por los muelles del interior, pero gracias a mi habitual talento artesanal remodelé la butaca para que las rodillas pudieran ir debajo del asiento, mientras que el torso y la cabeza quedarían en el respaldo. Si alguien se sentaba de esa forma en el hueco, podía permanecer perfectamente oculto.

»Como este tipo de habilidad me resultaba tan natural, me permití añadir ciertos detalles para completar mi obra: mejoré la acústica con el objeto de captar ruidos del exterior y, por supuesto, hice en el cuero una mirilla que pasaba totalmente inadvertida. Además incorporé una zona de provisiones en la que puse varias cajas de galletas y una botella de agua. Para las otras necesidades de la naturaleza también coloqué una gran bolsa de goma y, tras acabar de acondicionarlo con las modificaciones mencionadas y algunas otras, el interior de la butaca se había convertido en un lugar bastante habitable, aunque no recomendable para más de dos o tres días seguidos.

»Una vez finalizada aquella labor tan poco habitual, me desnudé de cintura para arriba y me enterré en la butaca. ¡Trate de imaginar la extraña sensación que me invadió, señora! Lo cierto es que tenía la impresión de haberme enterrado en una tumba solitaria. Tras reflexionar durante unos momentos, llegué a la conclusión de que realmente se trataba de una tumba. En cuanto me vi dentro de la butaca me sumí en una completa oscuridad, ¡y había dejado de existir para el resto de los mortales!

»En aquel momento llegó un mensajero enviado por el comprador para llevarse la butaca en una carretilla de gran tamaño. Mi aprendiz, la única persona que vivía conmigo, no tenía la menor idea de lo que había sucedido. Lo vi hablar con el mensajero.

»Al cargar la butaca en la carretilla, uno de los operarios exclamó:

—¡Dios mío! ¡Cómo pesa este sillón! ¡Al menos una tonelada!

»Al oír aquellas palabras el corazón me dio un brinco. A pesar de todo no llegaron a sospechar, ya que era evidente que se trataba de una butaca extraordinariamente pesada, y poco después sentí la vibración causada por el traqueteo de la carretilla en su recorrido callejero. No es necesario decir que mi preocupación era constante, pero al final, aquella misma tarde, la butaca en la que me había escondido fue depositada con un ruido sordo en el suelo de una dependencia del hotel. Más tarde descubrí que no era una sala cualquiera, sino el vestíbulo.

»A estas alturas ya habrá adivinado usted hace tiempo que la razón principal que me impulsó a embarcarme en esta descabellada empresa era la de abandonar mi escondrijo de la butaca en cuanto no hubiese moros en la costa, luego merodear por el hotel y ponerme a robar. ¿Quién podría pensar que había un hombre escondido en una butaca? Cual sombra fugaz, podría desvalijar cada una de las habitaciones a mis anchas, y cuando sonase la alarma me hallaría sano y salvo en el interior de mi santuario, conteniendo el aliento y contemplando las ridículas payasadas de la gente que me buscaba.

»Quizá haya oído usted hablar del cangrejo ermitaño que suele encontrarse en zonas rocosas de la costa. Tiene forma de gran araña y se arrastra sigiloso hasta que, tan pronto como oye la cercanía de unos pasos, se retira a toda velocidad al interior de una concha vacía, un lugar desde donde dirige su mirada furtiva a los alrededores mientras deja medio expuestas las horripilantes y peludas patas. Yo era como aquel insólito monstruo-cangrejo. Pero, en lugar de una concha, gozaba de una protección mejor: una butaca capaz de ocultarme de un modo mucho más eficaz.

»Como puede usted imaginar, mi plan era tan novedoso y original, tan completamente inesperado, que nadie tuvo la posibilidad de preverlo. En consecuencia, mi aventura resultó un éxito total. Al tercer día de mi llegada al hotel me di cuenta de que ya era dueño de un cuantioso botín.

»Imagine la emoción y el entusiasmo que me provocaba robar todo lo que me viniese en gana, por no mencionar lo que me divertía al observar a la gente corriendo como loca de un lado a otro a escasos centímetros de mis narices, gritando

«¡El ladrón se fue por ahí!», y «¡Se fue por allí!». No dispongo de tiempo para describir todas mis experiencias con detalle. Mejor permítame continuar con la narración para hablarle de una fuente de inusitada diversión que tuve la oportunidad de descubrir y que resultó mucho más relevante: en realidad, lo que estoy a punto de relatar es el tema principal de esta carta.

»Antes, sin embargo, debo pedirle que regrese al momento en que colocaron la butaca (y a mí) en el vestíbulo del hotel. En cuanto lo dejaron allí, todos los empleados se fueron turnando para probarlo. Pasada la novedad, abandonaron aquel lugar y reinó un absoluto silencio. No obstante, yo no logré reunir el valor suficiente para salir de mi santuario, ya que comencé a imaginar toda clase de peligros. Mantuve los oídos alerta durante un tiempo que me pareció un siglo. Poco después percibí que se acercaban unos pasos firmes, sin duda alguna procedentes del pasillo. Seguramente aquellos pies siguieron su camino sobre una gruesa alfombra, ya que el sonido se desvaneció por completo.

»Instantes más tarde se apoderó de mis oídos el ruido que hacía un hombre con la respiración agitada. Antes de que pudiera adivinar lo que iba a suceder, cayó sobre mis rodillas un cuerpo grande y pesado, como el de un europeo, y tuve la sensación de que rebotaba dos o tres veces hasta que terminó por acomodarse del todo. Solo lo separaba de mis rodillas una fina capa de cuero y eso provocaba que casi sintiera el calor de su cuerpo. Sus hombros anchos y musculosos se apoyaron de lleno contra mi pecho mientras que sus macizos brazos se situaban directamente sobre los míos. Podía imaginarme a aquel individuo fumándose un puro, porque hasta mis fosas nasales llegaba flotando el intenso olor.

»Intente usted, señora, ponerse en la insólita posición en que me encontraba, y piense un momento en lo absolutamente anormal de la situación. En lo que a mí se refiere, sin embargo, estaba por completo aterrorizado, tanto que me agazapé en mi oscuro escondite como petrificado, y un sudor frío me caía de las axilas.

»Después de aquel individuo vinieron varias personas a «sentarse en mis rodillas» ese mismo día, como si hubieran aguardado su turno con paciencia. Ninguno, no obstante, sospechó siquiera durante un fugaz instante que el mullido «cojín» en el que se sentaban era en realidad carne humana por cuyas venas circulaba la sangre …, carne humana confinada en un extraño mundo de oscuridad.

»¿Qué tenía aquel místico agujero que tanto me fascinaba? Me sentía en cierto modo como un animal viviendo en un mundo totalmente nuevo. Y en cuanto a quienes vivían en el mundo exterior, solo era capaz de identificarlos como gente que producía ruidos muy raros, respiraba intensamente, hablaba, hacía crujir sus ropas y poseía unos cuerpos blandos y redondeados.

»Poco a poco comencé a distinguir a quienes se sentaban gracias al tacto más que a la vista. Los gordos parecían medusas, mientras que los muy delgados me daban la sensación de tener encima un esqueleto. Había otros rasgos distintivos, tales como la curvatura de la espina dorsal, la amplitud de los omóplatos, la longitud de los brazos y el grosor de los muslos, además del contorno de los traseros. Quizá suene extraño, pero no miento en absoluto si digo que, a pesar de que todas las personas parezcan similares, existen incontables matices susceptibles de percibirse únicamente mediante el tacto de sus cuerpos. De hecho hay las mismas diferencias que en el caso de las huellas dactilares o los contornos faciales. Ni que decir tiene que esta teoría se aplica también a los cuerpos femeninos.

»Lo habitual es clasificar a las mujeres en dos grandes categorías: las feas y las guapas. Sin embargo, en mi oscuro y limitado mundo del interior de la butaca, los méritos o deméritos faciales eran un elemento secundario que se veía superado por las significativas cualidades que transmitía el tacto de la carne, el sonido de la voz, el olor corporal. (Señora, espero que no se sienta usted ofendida por el descaro con el que me expreso en algunas ocasiones).

»Y de ese modo, para continuar con mi relato, apareció una chica (la primera que jamás había tenido sentada encima de mí) que encendió en mi corazón la llama de un amor apasionado. A juzgar solo por su voz, se trataba de una europea. En aquel momento, aunque en la sala no había nadie más, la felicidad debía de inundar su corazón, ya que al entrar con caminar ligero en la habitación iba cantando.

»No tardé en darme cuenta de que se había detenido ante mi butaca y, sin previo aviso, se echó a reír de repente. Acto seguido oí que agitaba los brazos como un pez debatiéndose en una red, y luego se sentó… ¡sobre mí! Durante unos treinta minutos continuó cantando, moviendo el cuerpo y los pies al ritmo de la melodía.

»El curso que tomaban los acontecimientos me resultaba bastante insólito, ya que siempre me había mantenido apartado de los individuos del sexo opuesto a causa de la fealdad de mi rostro. Ahora era consciente de que me hallaba en la misma sala que una chica europea a quien nunca había visto, con mi piel tocando prácticamente la suya a través de una fina capa de cuero.

»Ella, que no sabía de mi presencia allí, siguió actuando con total libertad, haciendo lo que le apetecía. En el interior de la butaca yo me imaginaba abrazándola, besando su níveo cuello… Ojala hubiera podido quitar esa capa de cuero de en medio…

»Después de esta experiencia en cierto modo ilícita, aunque más que agradable, olvidé por completo la intención inicial de dedicarme a robar. En su lugar tuve la sensación de precipitarme a toda velocidad en un nuevo remolino de placer enloquecedor.

»Tras una larga reflexión, me dije a mí mismo:

—Quizá mi destino sea disfrutar de esta clase de existencia.

»La verdad se fue cerniendo sobre mí de forma gradual. Para quienes eran tan feos y repulsivos como yo, lo más inteligente era vivir la vida en el interior de una butaca. En ese extraño y oscuro mundo tenía la posibilidad de oír y tocar a todo tipo de criaturas deseables.

»¡El amor en una butaca! Esta idea puede parecer sin duda demasiado fantasiosa. Solo quien lo ha experimentado de verdad puede dar fe de las emociones y los placeres que proporciona. Es evidente que se trata de un tipo de amor poco habitual, restringido a los sentidos del tacto, el oído y el olfato, un amor que arde en un mundo de oscuridad.

»Lo crea o no, muchos de los acontecimientos que se producen en ese mundo son imposibles de comprender del todo. Al principio no pretendía nada más que perpetrar una serie de robos y después huir. Ahora, por el contrario, me había llegado a sentir tan unido a mis «dependencias» que incorporé ciertas mejoras que permitieran una existencia permanente en ellas.

»En mis merodeos nocturnos siempre tomaba las máximas precauciones, vigilaba cada paso que daba, apenas hacía ruido. El riesgo de ser descubierto era mínimo. Cuando recuerdo, sin embargo, que me pasé varios meses dentro de una butaca sin que notaran mi presencia ni una sola vez, hasta yo mismo me siento sorprendido.

»Durante la mayor parte del día me quedaba dentro de la butaca, sentado como un contorsionista, con los brazos flexionados y las rodillas dobladas. La consecuencia fue que llegué a sentir una especie de parálisis en el cuerpo. Además, como no podía ponerme recto en ningún momento, mis músculos perdían flexibilidad y se agarrotaban, y poco a poco empecé a arrastrarme para ir al baño en lugar de hacerlo caminando. ¡Qué estupidez! Ni siquiera ante todos esos sufrimientos logré convencerme de abandonar aquella locura y alejarme de aquel extraño mundo de placeres sensuales.

»Aunque muchos de los huéspedes del hotel permanecían en este durante un mes, o incluso dos, y lo convertían en su lugar de residencia temporal, había una constante afluencia de clientes nuevos, y lo mismo sucedía con los que se marchaban. De ahí que no pudiera disfrutar de ningún amor duradero. Incluso hoy, al pensar en todas mis «aventuras amorosas», no recuerdo más que el tacto cálido de la carne.

»Algunas mujeres poseían cuerpos firmes como los de los ponys; otras parecían tener cuerpos viscosos como los de las serpientes; y los de algunas otras estaban compuestos solo por grasa, lo que les confería la elástica viveza de una pelota de goma. También hay que mencionar las escasas excepciones de quienes parecían tener cuerpos hechos solo de puro músculo, como artísticas estatuas griegas. Pero, al margen de los diversos tipos o las distintas clases, cada uno de ellos poseía un encanto magnético que lo distinguía de los demás, y yo cambiaba sin cesar el objeto de mis pasiones.

»Sirva como ejemplo que una vez vino a Japón una bailarina de renombre internacional, y dio la casualidad de que se alojó en ese mismo hotel. Aunque se sentó en mi butaca en una sola ocasión, el contacto de su carne tersa y mullida con la mía me proporcionó una emoción desconocida hasta entonces. Tan sublime fue aquella sensación que me condujo a un estado de exaltación absoluta. La experiencia, más que estimular mis instintos carnales, hizo que me imaginara como un artista de gran talento tocado por la varita mágica de un hada.

»Extraños e inquietantes episodios se fueron sucediendo con gran rapidez. Pero las limitaciones de espacio me impiden realizar una detallada descripción de cada uno de los casos. Bastará con que presente un esquema general de los acontecimientos.

»Un día, varios meses después de mi llegada al hotel, se produjo un giro inesperado en lo que a mi destino respecta. Por algún motivo, el propietario del hotel se vio obligado a partir hacia su país y, como resultado, la dirección del hotel pasó a manos japonesas.

»Este cambio de propiedad dio lugar a una nueva política en la gestión, que marcó como objetivo una reducción drástica de gastos, así como la eliminación de los muebles lujosos y la adopción de otras medidas encaminadas al aumento de los beneficios económicos. Una de las primeras consecuencias de esta nueva política fue que los administradores sacaron a subasta todos los objetos extravagantes del hotel. En la lista se incluyó mi butaca.

»Al tener noticia de estos hechos sentí una inmediata decepción. Pero no tardó en aparecer en mi interior una voz que me aconsejaba regresar al mundo exterior, el mundo normal, y disfrutar de la considerable suma que había logrado mediante el robo. Era consciente, por supuesto, de que no tendría que volver a mi humilde vida de artesano, ya que lo cierto es que me había convertido en un hombre relativamente rico. La idea de mi nuevo lugar en el seno de la sociedad me hizo superar la desilusión por verme obligado a dejar el hotel, al menos en apariencia. Además, tras una profunda reflexión acerca de todos los placeres obtenidos allí, tuve que admitir que las «aventuras amorosas», aunque muchas, se habían producido con mujeres extranjeras, y que en cierto modo siempre había echado algo de menos.

»Llegado a ese punto, me di perfecta cuenta de que, como japonés, lo que de verdad anhelaba era una amante de mi propio mundo. Mientras mi mente daba una vuelta tras otra a aquellos pensamientos, la butaca (conmigo aún dentro) fue enviada a una tienda de muebles para una subasta. Quizá esta vez me decía a mí mismo, compre el sillón un japonés y acabe en una casa japonesa. Crucé los dedos y decidí ser paciente y seguir viviendo en la butaca un poco más de tiempo.

»Aunque tuve que sufrir lo mío durante los dos o tres días que la butaca estuvo en la tienda de muebles, al final salió pronto a la venta y no tardaron en comprarla. Esto fue posible, por fortuna, gracias a la excelente factura derivada de su proceso de fabricación: aunque ya no era nueva todavía poseía un «porte digno».

»El comprador era un alto dignatario que vivía en Tokio. En el trayecto de la tienda a la residencia palaciega de aquel hombre, los botes y los traqueteos del vehículo casi acabaron conmigo. Apreté los dientes y lo soporté con valentía, ya que me sentía reconfortado por la idea de que al fin me había comprado un japonés.

»Ya en su casa, me colocaron en un espacioso estudio de estilo occidental. Había algo en aquella estancia que me procuró la más grande de las satisfacciones, ya que al parecer la butaca la iba a utilizar sobre todo la joven y atractiva esposa del comprador.

»A lo largo de todo un mes tuve la oportunidad de estar junto a esa mujer de modo constante, unido a ella como si fuésemos uno, por así decirlo. A excepción de las horas destinadas a comer y a dormir, su tierno cuerpo estaba siempre sobre mis rodillas por la sencilla razón de que ella se hallaba dedicada en cuerpo y alma a su labor intelectual.

»¡No se imagina usted cuánto amaba a aquella dama! Era la primera mujer japonesa con la que yo establecía un contacto tan estrecho, y, por si fuera poco, poseía un cuerpo maravillosamente atractivo. ¡La veía como la respuesta a todas mis plegarias! En comparación, mis otras «aventuras» con las diversas mujeres del hotel no parecían sino flirteos infantiles y nada más.

»El loco amor que yo sentía hacia aquella intelectual dama quedaba probado por el hecho de que en todo momento anhelaba tenerla entre mis brazos. Cuando se marchaba, aunque fuera por un instante, esperaba su regreso como un Romeo enloquecido por el amor y añorando a su Julieta. Nunca antes había experimentado tales sensaciones.

»Poco a poco fui sintiendo la necesidad de transmitirle mis sentimientos… de algún modo. En vano traté de llevar a cabo mi propósito, pero siempre me encontraba con un muro totalmente plano que me cerraba el camino, ya que mi indefensión era absoluta. ¡Oh, cómo ansiaba que ella me correspondiera! Sí, quizá piense usted que está leyendo la confesión de un loco, y es que estaba loco…, ¡locamente enamorado de ella!

»Pero ¿de qué forma podría llamar su atención? Si me daba a conocer, la impresión de una noticia así la llevaría a avisar a su marido y a los criados de inmediato. Y eso, por supuesto, resultaría desastroso para mí, porque el descubrimiento no solo me acarrearía el deshonor, sino un severo castigo por los delitos que había cometido.

»Entonces decidí que debía seguir un camino diferente, esto es, hacer todo lo posible porque se sintiera cada vez más cómoda y de ese modo suscitar en ella un amor natural por… ¡la butaca! Dado que se trataba de una verdadera artista, tenía cierta confianza en que su inherente inclinación hacia la belleza la guiaría en la dirección que yo deseaba. Y en lo que a mí respecta, buscaba la pura satisfacción derivada de su amor por un objeto material, ya que así me consolaría al creer que sus refinados sentimientos afectivos por una simple butaca serían lo bastante intensos como para alcanzar a la criatura que habitaba en su interior…, ¡y esa criatura era yo!

»Me esforcé todo lo que pude para que se sintiera mejor cada vez que acomodaba su cuerpo en la butaca. Siempre que se sentía fatigada, tras llevar mucho tiempo sentada sobre mi humilde persona en la misma postura, yo cambiaba muy despacio la posición de las rodillas y la abrazaba de forma más cálida para que sus sensaciones fuesen cada vez más gratas. Y si se estaba quedando dormida, también movía las rodillas, siempre con gran lentitud, para mecerla y facilitarle un sueño más profundo.

»En cierta manera quizá milagrosa (¿o no era más que mi imaginación?) aquella dama ya parecía sentir por la butaca un amor intenso, y es que cada vez que se sentaba se comportaba como un niño sumido en el abrazo de su madre, o como una chica rodeada por los brazos de su amante. Y cuando cambiaba de postura en la butaca, yo tenía la impresión de que disfrutaba de un regocijo cercano al sentimiento amoroso.

»Terminé por pensar que si llegara a mirarme una sola vez, aunque solo fuera un breve y fugaz instante, podría morir en medio del placer más absoluto.

»Estoy seguro, señora, de que a estas alturas habrá adivinado usted quién es el objeto de mi loca pasión. Para no andarme con rodeos, ¡lo cierto es que se trata de usted, señora! Desde que su marido me trajo de aquella tienda de muebles he sufrido unos dolores insoportables a causa del desmedido amor y el anhelo que siento por usted. No soy más que un gusano…, una criatura repugnante.

»Solo deseo realizar una petición. ¿Aceptaría usted conocerme, verme una sola vez, solo una? No le pediré nada más. Ya sé que no merezco su simpatía, porque no he sido más que un villano a lo largo de toda mi vida, indigno siquiera de tocar la planta de sus pies. Pero si accede a este ruego, aunque no sea más que por compasión, mi gratitud será eterna.

»Anoche salí a escondidas de su residencia para escribir esta confesión, ya que, aun alejándome del peligro, no reuní el valor suficiente de mostrarme ante usted cara a cara y sin aviso o preparación previos.

»Mientras lee esta carta, estaré vagando por los alrededores de su casa con el corazón en un puño. Si decide usted satisfacer mi demanda, haga el favor de colocar un pañuelo en la maceta de flores que hay en el alféizar de su ventana. Ante esa señal, yo abriré la puerta y entraré como un humilde visitante…

Así terminaba la carta.

Incluso antes de acabar de leer las muchas páginas de que constaba la misiva, una premonición con cierto aire de malignidad había hecho que Yoshiko se pusiera mortalmente pálida. Se incorporó de forma inconsciente y huyó inmediatamente del estudio, de aquella butaca en la que había estado sentada y que se había convertido en su santuario dentro de una de las estancias de la casa.

Su primera intención había sido la de no seguir leyendo y hacer trizas el espeluznante mensaje; pero, por alguna extraña razón, había continuado, y había ido dejando las hojas de apretada escritura encima de una mesilla.

Ahora que había terminado, su premonición se reveló cierta. Aquella butaca en la que había estado sentada día tras día…, ¿realmente tenía un hombre en su interior? Si así era, ¡qué experiencia tan horrible había sufrido sin saberlo! Sintió un escalofrío de repente, como si por la espalda le hubieran echado un vaso de agua helada, y los temblores que vinieron a continuación parecían no tener fin.

Se quedó con la vista fija en el vacío, como si estuviera en trance. ¿Debía examinar la butaca? Sin embargo, ¿cómo reunir las fuerzas suficientes para afrontar tan horrible prueba? Aunque ahora el sillón se hallase vacío, ¿qué ocurriría con la suciedad que aún quedara allí, como la comida y otros objetos de los que el inquilino hubiera tenido necesidad?

—Señora, una carta para usted. Miró sobresaltada y vio a la criada en el umbral de la puerta con un sobre en la mano.

Aturdida, Yoshiko cogió el sobre y logró ahogar un grito. ¡Qué horror! ¡Se trataba de otro mensaje del mismo hombre! De nuevo había escrito su nombre con aquella letra tan familiar.

Dudó durante un largo instante si abrirla o no. Al final se armó de valor, rompió el lacre y sacó las hojas con sus trémulas manos. Esta segunda comunicación era breve y concisa, y contenía otra impresionante sorpresa:

»Disculpe mi osadía al enviarle un nuevo mensaje. En primer lugar debo decirle que no soy más que uno de sus fervientes admiradores. El manuscrito que le he hecho llegar aparte no estaba inspirado más que por la imaginación y por el hecho de que yo sabía que usted había comprado esa butaca hacía poco tiempo. Es un ejemplo de mis humildes tentativas en lo que a la narrativa de ficción se refiere. Si tuviera la amabilidad de darme su opinión, le estaría enormemente agradecido.

»Fueron motivos personales los que me indujeron a enviar el texto antes que esta carta de aclaración, y doy por hecho que ya lo ha leído. ¿Qué le ha parecido? Si cree que se trata de un relato más o menos divertido o entretenido, pensaré que todos mis esfuerzos literarios no han sido en vano.

»A pesar de que se lo oculté de modo deliberado, pretendo que mi historia lleve por título «La butaca humana».

»Reciba mi más afectuoso saludo y mis mejores deseos para el futuro.

Atentamente…



Fuentes: 
Texto sacado de http://leanoseapendejo.blogspot.com/2016/06/la-silla-humana-edogawa-rampo.html#more